Pasión por la naturaleza

Rosa Elena Betancort Lemes

Bióloga Marina

He de reconocer que leí el artículo de Jorge García cuando me pidieron que escribiera algo para esta publicación.Lo hice para ver como podía enfocar lo que quería expresar… a veces es más sencillo cuando tienes un ejemplo. Me sentí identificada con muchas de las cosas que él escribió, como por ejemplo el haber soñado con ejercer diferentes profesiones,  ser maestra, detective, abogada y hasta farera!!! Sí, durante un tiempo soñé con ser la responsable de un faro, y vivir cerca del océano, encendiendo cada día la luz que indica a los marineros donde están los límites entre la tierra y el mar; imaginaba también la cantidad de libros que podría leer mientras la luz girara en las alturas de mi faro. Pero tengo que contarles que uno de los recuerdos más gratos de mi infancia es el pasar las tardes jugando en una montaña que había detrás de la casa de mis padres; ahí, con los otros niños y niñas vecinos jugábamos a inventar aventuras, como en las películas. Pero de lo que más me acuerdo es de la fascinación que me producía todo lo que me rodeaba, los pájaros, las rocas, los insectos, lagartos… levantar piedras para ver lo que se movía bajo ellas, y volver a colocarlas en el mismo sitio y la misma posición para no molestar a los animales que estaban allí. Mi visión cambiaba a medida que aprendía cosas en la escuela, a medida que iba poniendo nombres a aquellos pequeños animales, todo era un descubrimiento, mi asignatura favorita era ciencias naturales, aunque las restantes materias me resultaban también muy interesantes. Y así tras estudiar el bachillerato y COU (Curso de Orientación a la Universidad) llegué a la facultad de biología.
El paso del instituto a la universidad  supuso un gran cambio en mi forma de vida. Dejé la comodidad y seguridad de la casa de mis padres para ir a vivir con unas amigas, nuestras únicas experiencias lejos de casa habían sido el viaje de fin de curso y algunas acampadas de verano,   y comencé una aventura, una experiencia vital y académica que considero entre las cosas más importantes que he hecho. Estudié biología y llegado el momento tuve que elegir entre las diferentes especialidades que ofrecía la facultad en aquella época; uf, hace tanto ya… Escogí la especialidad de Biología Marina y aprendí mucho sobre el mar . Un mar al que siempre he considerado refugio y hogar, y  con el que tengo una relación casi romántica. Aprender cambió la visión que tenía sobre él, pero lo convirtió en algo más fascinante, más misterioso… más hermoso.
Acabé la carrera y de repente me encontré a las puertas del mundo laboral. Una de las opciones era la educación, así terminaría siendo además profesora, una de aquellas profesiones soñadas cuando era una niña, pero en una conversación con algunos de los amigos y compañeros de facultad de Tenerife surgió la posibilidad de un trabajo en colaboración con el Instituto Oceanográfico; ni siquiera tenía mucha información de cual era realmente el cometido a desarrollar… pero alguien mencionó que era para realizar estudios en barcos, y me imaginé como en alguno de los documentales de Jacques Cousteau, aquellos programas que hicieron que soñara con el mundo de la navegación. Así que casi sin pensarlo, dí mis datos para un listado de posibles embarques. Meses después alguien me llamó por teléfono de parte del oceanográfico y me preguntó  estaba interesada en participar en los trabajos de embarque que iban  a poner en funcionamiento en breve. Mi respuesta fue: Sí.

Primer destino: Costa de Marfil. Barco: Kurtxio, un atunero de unos cincuenta metros de eslora con una tripulación variada, españoles, marfileños, senegaleses, ghaneses, y un guineano. Ya se pueden imaginar mi llegada… una mujer sin experiencia en trabajos marinos, en un ambiente que era eminentemente masculino. Durante los primeros días el sólo hecho de ver agua moviéndose en un vaso hacía que me mareara, así que la primera semana casi no comí, y cuando lo hacía, vomitaba. Me acostaba por las noches pensando que mi cuerpo no resistiría aquella situación, pero había estudiado en fisiología animal como funcionaba el oído interno, responsable del equilibrio, y sabía que era cuestión de tiempo que se adaptase a la nueva situación de vaivén del barco. Así fue, tras siete días el mareo desapareció y pude empezar a disfrutar de verdad del trabajo que tenía que realizar a bordo, de la experiencia de vivir en alta mar con los pescadores, del inmenso océano y su belleza.Tres meses después el embarque terminó, esa primera experiencia laboral fue tan enriquecedora que estaba decidida a continuar en ese mundo de redes y salitre. Me ofrecieron otros destinos, Seychelles, Chile… cambiaban los barcos, la tripulación, cambiaban también los proyectos, algunos eran para investigar la contaminación en especies puntuales como el pez espada, otros para mejorar el uso de las sondas y lograr que la pesca fuera más sostenible… en un par de años había navegado en los tres grandes océanos, todos diferentes, todos mágicos e increíbles. Trabajar y viajar, una combinación fantástica para descubrir el mundo. No todo resultó siempre fácil , incluso en alguna ocasión escuché comentarios por mi condición de mujer, pero no dejé que las ideas de otros decidieran por mí.


Tras varios años entre barcos, puertos y maravillas marinas, me ofrecen un trabajo en Lanzarote, en tierra; consistía en realizar una guía de la flora del Parque Nacional de Timanfaya y por supuesto la respuesta fue también afirmativa. Yo no era una especialista en Botánica, pero estudiando, trabajando con pasión y gracias a la buena colaboración del que era en aquel entonces director del Parque Nacional D. Aurelio Centellas Bodas, la guía terminó siendo una realidad. En la guía colaboró de manera fundamental mi compañera Felicia Oliva Tejera, bióloga también y no puedo olvidar el apoyo de compañeros que en aquel momento compartían escenario conmigo, ese escenario volcánico cargado de energía y belleza. Una vez finalizada la guía, me ofrecieron un puesto como responsable de grupos de trabajo de vigilancia, mantenimiento y conservación de un parque natural. Nuevamente me encontré ante una nueva oportunidad de aprender y de estar en contacto con la naturaleza. Pasé varios años desempeñando ese puesto, hasta que la crisis económica recortó los fondos para los espacios naturales.

Las ofertas de trabajo no eran muchas en esa época, y como echaba de menos mi trabajo en el mar decidí preguntar si era posible volver a embarcar… y sí, pude volver a hacerlo. Casi 10 años después volví a Costa de Marfil, al puerto de Abidjan y muchas cosas habían mejorado, entre otras cosas mi propia capacidad de comunicarme, ya que en el periodo que pasé en Lanzarote me matriculé en la Escuela Oficial de Idiomas para aprender francés, aunque mis primeros pinitos los había hecho con mis compañeros senegaleses y marfileños, en los primeros embarques, ya que el francés es el idioma oficial en sus países de origen . Había estudiado los 6 años que se imparten y conseguía comunicarme con facilidad, ayudada también por la paciencia y amabilidad de los interlocutores. Volví a disfrutar de todo lo que me ofrecía el momento y de mi relación con el océano.

Al regresar me ofrecieron un puesto de guía de museo y de senderismo en el Parque Nacional de Timanfaya, y de nuevo tuve que estudiar geología, para refrescar conceptos y profundizar más en cuestiones interesantes que los visitantes nos podían plantear; de este modo estudié mucha historia de Lanzarote, volcanología y pude poner en práctica los idiomas que había estudiado en mi vida: inglés y francés. Tras tres años en el mismo puesto de trabajo decidí pedir una excedencia y  disfrutar de este tiempo para seguir aprendiendo  y viviendo nuevas experiencias.

No sirvo para dar consejos, pero puedo decir que estoy feliz de la oportunidad que se me dio para estudiar, de las oportunidades de trabajo que me surgieron; y aunque es cierto que no siempre es fácil, creo que es bueno saber qué nos apasiona y dedicarnos a ello.