La aventura de ser astrónomo profesional

Jorge García Rojas

Doctor en Astrofísica

Departamento de Investigación del Instituto Astrofísico de Canarias

Fig 1. Jorge frente al telescopio NOT del Roque de Los Muchachos. La Palma,  2005.

No voy a contar la típica historia de un niño que desde su más tierna infancia quiso ser astrónomo. Yo antes de ser astrónomo quise ser cocinero, médico o biólogo aventurero. La vocación me llegó más o menos a los 16 años cuando empecé a asistir a salidas de una agrupación de aficionados a la astronomía en Tenerife. Gracias a eso me animé a estudiar Ciencias Físicas en la Universidad de La Laguna. Yo siempre había sido un muy buen estudiante pero en la universidad me tuve que poner las pilas para aprobar las asignaturas de los tres primeros cursos. En cuanto entré a la especialidad de astrofísica el cuarto año y gracias a la sólida formación adquirida en los primeros años de carrera y al entusiasmo que me despertaba estudiar lo que más me gustaba, me resultó bastante más sencillo superar las asignaturas y finalizar la carrera año por año.

Pero una vez acabada la carrera, se me planteó un reto aún mayor… ¿Y ahora qué hago? Intenté conseguir becas para realizar el doctorado, pero la competencia era muy dura y no lo conseguí, con lo que decidí seguir estudiando y hacer los cursos de doctorado (el equivalente a los actuales máster) y al mismo tiempo busqué un investigador del IAC que me dirigiera un trabajo de iniciación a la investigación. Tuve la suerte de dar con César Esteban, del que aprendí mucho y que me guió durante mis primeros pasos en el mundo de la investigación. Aún así, a pesar de realizar un muy buen trabajo, no pude conseguir una beca para hacer la tesis doctoral debido a la feroz competencia. Entonces decidí girar mi rumbo hacia la educación y estuve cuatro años dando clases en centros públicos y concertados de educación secundaria y trabajando también en talleres de difusión de la astronomía, tanto en Tenerife como en Lanzarote.

Pero todos mis esfuerzos se vieron recompensados cuando en Septiembre de 2002, mientras estaba regando el pequeño huerto de mi casa en la Villa de Teguise, recibí una llamada de César en la que me decía que había sido seleccionado para una beca de Formación del Personal Investigador (FPI) para hacer el doctorado con él en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Ahí comenzó realmente mi aventura como astrónomo. Por supuesto, aproveché bien esa beca durante los siguientes cuatro años, tanto que fui recompensado con el Premio extraordinario de doctorado en la rama de Ciencias Experimentales de la Universidad de La Laguna.

Después de acabar la tesis, para poder tener una carrera investigadora exitosa, es necesario (y recomendable, diría yo) irse a una estancia de investigación postdoctoral a otro centro, preferiblemente en el extranjero. En mi caso, teniendo en cuenta que los mayores expertos del mundo en mi campo estaban en México, la decisión resultó sencilla. Así que solicité una beca para ir a trabajar al Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Ciudad de México y me la concedieron. Mi pareja dejó su trabajo en Tenerife para venirse conmigo y la verdad es que no nos arrepentimos porque fue pasamos dos años extraordinarios.

Fig 2. Jorge junto a su grupo de investigación en el Instituto de Astronomía de la UNAM. Detrás él,  Silvia Torres-Peimbert (con suéter a rayas), actual presidenta de la Unión Astronómica Internacional. A la derecha, su marido Manuel Peimbert, uno de los más prestigiosos astrónomos mundiales. Los demás son, de izquierda a derecha, Antonio Peimbert (hijo de los primeros), Miriam Peña (astrónoma chileno-mexicana) y Christophe Morisset (astrónomo francés residente en México).

Pasado este período, tocaba moverse de nuevo y después de ver varias posibilidades decidimos regresar a Canarias con un contrato de Astrónomo de Soporte de los Observatorios de Canarias bajo el brazo.

Esta nueva etapa fue también muy interesante porque dediqué la mayor parte de mi tiempo a tareas técnicas y de servicio para la comunidad astronómica, y sólo un pequeño porcentaje del tiempo a investigar. Tenía que pasar varias noches al mes en los observatorios (tanto en el Teide como en el Roque de los Muchachos en La Palma) haciendo observaciones para otros o enseñando a los astrónomos a usar los telescopios y sus instrumentos. También dedicaba mucho tiempo a escribir manuales de uso de instrumentos, al análisis de los datos obtenidos, etc. Ese trabajo me encantaba, pero cuatro años y medio después de empezar, y para poder seguir creciendo como investigador, decidí retomar mi investigación a tiempo completo y durante dos años disfruté de un contrato asociado a un proyecto de investigación en el IAC.

Pero las cosas no siempre me iban a ir tan bien. Cuando finalizó el proyecto que me contrataba, me quedé unos meses en el paro. Para un astrónomo investigador a cierto nivel, estar en el paro no significa no trabajar. ¡De hecho, creo que no he trabajado más en mi vida! En ese período tuve que buscarme la vida para seguir investigando y asistir a congresos en el extranjero (México, China y Brasil). También tuve que solicitar ayuda para estos viajes a colaboradores extranjeros, ya que como desempleado no podía acceder a financiación española. Bueno, fue otra aventura en la cual también aprendí mucho. Afortunadamente unos meses después conseguí una plaza para formar y liderar mi propio grupo de investigación. Para ello he tenido que solicitar dinero al gobierno para poder llevar a cabo mi proyecto de investigación. Ese dinero es necesario para comprar material informático, cubrir gastos de viajes y, sobre todo, para contratar investigadores  que me ayuden a llevar a cabo el proyecto. En breve sabré si me han aprobado el proyecto.

Relacionado con esto, les cuento que una de las cosas que menos se conoce del trabajo de un científico es que estamos siendo evaluados todo el rato (y también estamos acostumbrados a evaluar a otros). Nos evalúan y evaluamos propuestas de observación, artículos científicos, proyectos de investigación, etc. y, por tanto, tenemos que aprender a comunicar o “vender” nuestros proyectos de forma adecuada.

El dar charlas constantemente ante los mayores expertos del mundo en tu campo en los congresos y someter tu trabajo a críticas constructivas es de gran ayuda para conseguir comunicar adecuadamente tu ciencia, y todo eso ayuda a la hora de conseguir tiempo de observación en telescopios y, sobre todo, financiación para tus proyectos, ya que la competencia es muy grande.

Pero no todo es presión por publicar, por conseguir fondos y por presentar resultados novedosos. Una de las ventajas de ser un científico con cierto reconocimiento internacional es que viajas mucho y conoces lugares muy interesantes. La astronomía me ha llevado a observar, además de en los telescopios de Canarias, en telescopios situados en México, Hawai’i y Chile. He recorrido medio mundo para asistir a congresos. Un año hice el cálculo de lo que había viajado en avión y me salió que ¡había dado dos vueltas y media al mundo!

En resumen, en la vida de investigador en astrofísica hay que trabajar mucho para mantenerte competitivo en tu campo de investigación, pero los sacrificios valen la pena por muchas razones: por ampliar los horizontes del conocimiento y los personales, por conocer gente y lugares muy interesantes y, sobre todo,  porque tu trabajo es al mismo tiempo tu afición.

Fig 3.  Jorge en la plataforma del Very Large Telescope, con UT2 (unidad 2) al fondo.  Chile, 2015.

Un comentario Añadir valoración

  1. Santi dice:

    Grande Jorge, vaya máquina.

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